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Los Toturados merecen la ternura de la verdad y la justicia
by Tito Tricot Thursday, Dec. 09, 2004 at 7:00 PM

Nadie puede realmente entender lo que significa ser torturado, hasta aquel sombrío momento cuando te encuentras desnudo, vendado y amarrado a merced de tus captores. Despues de 31 años se conoce la verdad a medias en Chile, se han publicado 35 mil nombres de torturados, pero de ningún torturador. Así, no hay justicia y continúa la impunidad

TORTURADOS MERECEN TERNURA DE LA VERDAD Y LA JUSTICIA

Nadie puede realmente entender lo que significa ser torturado, hasta aquel sombrío momento cuando te encuentras desnudo, vendado y amarrado a merced de tus captores. La vida entera se circunscribe a ese frágil instante cuando la oscuridad se convierte en tu peor enemigo, pero, al mismo tiempo, es tu aliado, aquel refugio cobijándote tras retazos de trapo de la locura circundante. No hay ni pasado ni futuro, tan solo el presente de gritos, furia e impotencia al encontrarse inerme en manos de la ira y la infinita frialdad del torturador. Nunca sabes cuando te va a golpear, gritar, patear, electrocutar o matarte. Esperas en la oscuridad, desorientado, intentando adivinar desde que dirección vendrá el próximo golpe, mientras tu corazón se desboca entre la sequedad de la atónita boca en la esperanza de que tus huesos resistan una vez más, solo una vez más. Simplemente tratas de sobrevivir, respirar alocadamente después de cada latigazo de corriente, es que gritas tanto y tan fuerte que pareciera que ni todo el aire de la tierra será suficiente para volver a vivir. Pero lo haces, y continúas gritando en medio de aquella explosión multicolor que te horada la piel y estremece tus certezas. No puedes controlar a la electricidad, no puedes subyugar a la electricidad, sin embargo en el vórtice de esa tormenta de relámpagos y estertores puedes soñar con celestes unicornios y con aquella primera noche que hiciste el amor junto al océano. Entonces, se hace un poco más fácil soñar que llegará el día en que ningún ser humano pueda torturar a otro ser humano por el simple hecho de pensar distinto.
Pero, el vaho maloliente del torturador te vuelve a la realidad de un golpe, y de otro y de otro más, y allí, muy cerca, o quizás lejos, te perfora los oídos el grito desesperado de la compañera de inmensos ojos verdes que alguna vez fue feliz. Porque éramos todos felices y nos levantábamos cada mañana con la alegría de sabernos navegantes de un galeón de sueños. Era la Unidad Popular, era el pueblo que por fin tenía la posibilidad de dibujar su propio futuro en el presente. Y era todo lo que pedíamos: la posibilidad de hacer la revolución, y tratamos, y acertamos en muchas cosas, y nos equivocamos en muchas otras, pero lo dimos todo por nada, tan solo por el derecho a construir un país justo. Éramos casi niños el día que intentamos hacer la revolución en este país del fin del mundo. Y casi niños la noche en que nos arrebataron el aire de un puntapié en el centro exacto del pecho, porque a los comunistas hay que matarlos a todos, escuchaba a la distancia mientras bregaba por recuperar el aliento. Tal vez pasaron solo algunos segundos o quizás varios años encerrado en aquella capucha negra, desnudo y de pie, desnudo y gritando, desnudo y revolcándose en el suelo. Sólo sé que cuando uno de los torturadores me quitó la venda y me ordenó mirarlo fijamente a los ojos, porque quiero que veas mi cara, porque soy yo el que te va a matar, el frío se hizo más intenso. Mucho más intenso, pero me negué irremediablemente a renunciar a los eternos pelícanos de la bahía, porque seguí soñando con aquel día en que ningún ser humano torturará a otro ser humano por el mero hecho de pensar distinto.

Lamentablemente, 30 años después, no puedo asegurar que esto no volverá a ocurrir, pues, aunque por primera vez en tres décadas ha sido oficialmente reconocido que millares de chilenos fueron torturados por la dictadura militar, ni una palabra se ha dicho acerca de la urgente necesidad de llevar a la justicia a los torturadores. Por lo mismo: ¿Que les impide hacerlo nuevamente? La comisión sobre “Prisión Política y Tortura”, creada por el gobierno para investigar la utilización de la tortura durante la dictadura, presentó un informe de mil páginas que sintetiza parte del horror de lo acaecido en nuestro país. 35 mil hombres y mujeres, una ínfima parte de todos los que fueron torturados, testificaron ante dicha comisión. Y es importante que lo hayan hecho, pues a veces en esta peculiar tierra nuestra de cada día, la gente necesita una verdad oficial para creer lo que era un secreto a voces: La tortura constituyó una práctica institucional y elemento fundamental del sistema de terror impuesto por la dictadura durante 17 años. De la tortura a los 35 mil torturados cuyos nombres han sido consignados para siempre en el informe gracias a su valor y dignidad, pero ni un solo nombre de los torturadores es incluido. Sabemos sus nombres, sabemos donde torturaron, sabemos a que institución armada pertenecen, por lo tanto, no existe absolutamente ninguna razón valedera para callar sus nombres. Es una afrenta a las víctimas de su odio y su inhumanidad, a la memoria de los que murieron bajo tortura y a los que sobrevivimos la tortura, mantener silencio mientras los torturadores ríen mientras leen el informe. Es que no cabe duda que disfrutaron lo que hicieron, se solazaban en el sufrimiento ajeno golpeando, atemorizando, desgarrando la piel. Nadie me lo contó, yo estaba ahí, sé que se regocijaban en el dolor del hueso astillado y la infame violación de mujeres y hombres inermes. Tenían el poder y lo usaban, por ello el horror de la sala de tortura jamás desaparecerá, porque los militares no solo torturaron a personas, sino que vejaron, también, el alma de la nación. No torturaron a alguien por unas horas o algunos días, sino que marcaron su vida para siempre; fue un crimen contra la humanidad y los responsables de este crimen deben ser juzgados, cualquier otra cosa es lisa y llanamente impunidad. No es suficiente para las fuerzas armadas admitir por primera vez que se torturó, pues ello ya lo sabíamos, no es suficiente que alguna vez expresen su dolor o pidan perdón por lo sucedido – algo que nunca han hecho y difícilmente harán – porque el único camino aceptable es que se haga justicia. Todos y cada uno de aquellos que torturaron deben ser procesados, condenados y encarcelados.

El gobierno ha manifestado que valora el coraje del ejército por reconocer que la tortura fue una práctica institucional. ¿Cómo puede ser valiente admitir lo obvio después de treinta años de mentiras? Es vergonzoso, como lo es que se haya propuesto compensar a las víctimas de la tortura con una pensión vitalicia de 112 mil pesos mensuales. El dolor no puede ser medido en dinero, sin embargo, aún así, la magra cifra más que reparar ofende. Son 60 millones de dólares anuales, nos advierten amenazantes y con eso, nos señalan con el dedo, en 10 años podría construirse una carretera desde Santiago a Puerto Montt. De manera que, no solo fuimos torturados, sino que además debemos sentirnos culpables de privar a nuestros compatriotas de una nueva carretera. ¿Por qué no se establece una comparación con el multimillonario presupuesto militar? La armada está adquiriendo cuatro nuevas fragatas en Holanda; la Fuerza Aérea se prepara para recibir nuevos F-16 ¿Son estas máquinas de guerra más importantes que ayudar a las victimas de la tortura?

Parece increíble, no obstante, en la esquizofrenia de un país que reconoce su verdad a medias y donde, de pronto todos descubren que se torturó, nada asombra. Claro, porque de la noche a la mañana hablan los militares, y la prensa obsecuente que todo lo calló, mintiendo, denigrando y ocultando. Y hablan algunos civiles que arguyen no haber sabido nada, no haber escuchado nada, no haber visto nada, y así continúan mintiendo. Es la cobardía de los cobardes. Como la del ex director general de carabineros, general Fernando Cordero quien sin vergüenza alguna señala que el trabajo de la comisión se asemeja a un tribunal popular, porque no se tiene derecho a replica y además se paga por la información. En nombre de todos los torturados de Chile te digo, hijo de las mil putas, que ultrajaste nuestra dignidad cuando nos torturaron y lo sigues haciendo con tus palabras. Por lo demás, el derecho a réplica es simple: Entrega los nombres de todos los que torturaron en comisarías, cárceles, barcos, centros secretos de detención, campos de concentración, regimientos y cuarteles, de este modo podrán entregar su versión de los hechos y tendrán que hacerlo a cara descubierta, porque a ellos nadie los torturará. No habrá llantos en la oscuridad, porque nos duelen hasta el alma los gritos de los torturados; no habrá amenazas de muerte, pues nos convoca la vida, la misma que intentaste arrebatarnos en luengas orgías de violencia y odio. Nos motiva, además, la verdad, y ésta tiene nombre y apellido, viste uniforme y se encuentra esparcida por todo Chile. Aquí hubo torturados, porque hubo torturadores y estos deben pagar por las atrocidades cometidas. Porque la única reparación posible es la justicia, solo entonces, quizás, volverán a danzar luciérnagas en las miradas de millares de hombres y mujeres que jamás cometieron crimen alguno y que merecen la abrumadora ternura de la verdad y la justicia.

Tito Tricot

Director

Centro de Estudios Interculturales ILWEN

CHILE

Diciembre 2004

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