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Testimonio del horror.
by Fernando Espinoza Thursday, Nov. 25, 2004 at 10:45 PM
fernando19500109@hotmail.com

El testimonio de Nieves Ayress Moreno se levanta con la fuerza de la Verdad frente a los cobardes que niegan la tortura en Chile.

Testimonio del horror: Nieves Ayress (*), ex prisionera de la Dictadura en Chile

enviado por Ricardo Vasconcellos/EDLP. (y extraído de http://www.cctt.cl)

Nueva York — El relato parece extraído de las historias de horror de Edgar Allan Poe, E.T. Hoffman, Guy de Maupassant o Bram Stoker. O más, de las transcripciones de los interrogatorios brutales en los campos nazis de concentración de Dachau o Treblinka. Pero no lo es.
Tampoco es ficción de un literato dedicado a provocar estremecimientos de terror e insomnio en sus lectores. Es, simplemente, una página arrancada de la tragedia vivida en las ergástulas de las dictaduras militares de los años 70, instauradas, alegadamente, para defender la libertad y la democracia, amenazadas por la insurgencia de pueblos anhelantes de justicia social.
La página siniestra vivida hace tres décadas por Luz de las Nieves Ayress Moreno, chilena, una activista comunitaria que reside desde hace 12 años en Nueva York, toma actualidad cuando una Comisión de la Verdad en Chile, acaba de entregar al presidente Ricardo Lagos un informe sobre la tortura ejercida por el régimen militar que encabezó por 17 años el general Augusto Pinochet Ugarte, quien, en una entrevista para una cadena de televisión hispana, en 2003, su autocalificó como “un ángel bueno”.
Lagos declaró sentirse “asqueado” de la lectura y el general Manuel Contreras, jefe la DINA, la policía política de Pinochet, dijo a los medios de prensa que “en la Dirección de Inteligencia Nacional no hubo ninguna política de tortura ni tampoco de detener gente para asesinarla, ni cosas por el estilo”.
Las reacciones a esta declaración fueron desde la calificación de “cínicas y perversas” hasta la de la ex ministra de Defensa, Michelle Bachelet, sobreviviente de las torturas en Villa Grimaldi, quien acusó a Contreras de ser “un cara de palo”.
Nieves Ayress tenía 23 años y era, según su relato, una joven estudiante que había sido influida, como casi todos los jóvenes de su generación, por la Revolución Cubana, el movimiento hippie, las reformas sociales, la guerra de Vietnam y los movimientos juveniles contestatarios de Francia que encabezaba Daniel Cohn Benditt o “Danny, el rojo”=. Lo que queríamos era un mundo más humano y igualitario, por eso me afilié al Ejército Nacional de Liberación en Bolivia en 1968 y trabajé con mujeres y niños en varias poblaciones pequeñas. Yo no maté a nadie, no robé, no cometí ningún delito. Mi pecado era ser joven, y apenas derrocado Allende los militares y los extremistas de derecha sospechaban de todo aquel que fuera joven” dice Nieves al inicio de su charla.
Su testimonio discurre fluido, haciendo difícil para su interlocutor conservar el pulso y la presión arterial normal al escuchar el lúgubre relato.
“El día del golpe yo estaba en casa. Sabíamos que la insurrección militar venía porque en mi familia se hacía política. Mis abuelos fueron los que junto a Recabarren fundaron los movimientos revolucionarios en Chile; mis padres, Virginia Moreno y Carlos Ayress, fundaron junto a Salvador Allende el Partido Socialista”.
“Mis cinco hermanos y yo pertenecimos siempre a movimientos sociales. El día 11 de septiembre de 1973 nos fuimos al barrio pobre de La Legua donde se produjeron enfrentamientos con los militares. Una semana después fui detenida por primera vez y llevada al Estadio Nacional. Estuve detenida por dos semanas y empecé a ser torturada. Permanecí enclaustrada en una torre, sola, y desde allí veía los golpes y las torturas a otros presos. Me pusieron en libertad sin darme ninguna explicación pero en enero de 1974 caí por segunda vez a órdenes de la DINA que dirigía el general Manuel Contreras.
Cuando me detuvieron yo estaba en la fábrica de mi padre. Me esposaron y me llevaron a la casa de nuestra familia en San Miguel y detuvieron también a mi padre, Carlos Ayress, y a mi hermano Tato. De allí me condujeron a un centro de torturas en el número 38 de la calle Londres, donde permanecí dos semanas sola e incomunicada y fui tratada salvajemente. Las torturas incluían golpes, choques eléctricos a las partes más sensibles del cuerpo como ojos, senos, ano, vagina, nariz, oídos y dedos. Un método muy común era el que ellos llamaban ‘pau de arara’, introducido por torturadores brasileños que experimentaron con nosotros. Este consistía en amarrarnos de pies y manos y colgarnos cabeza abajo. En esa posición nos aplicaban choques eléctricos en el ano. Otra forma era ‘el teléfono’. Nos golpeaban con fuerza y simultáneamente los oídos. Desnuda y encapuchada fui torturada en presencia de mi padre y hermano e intentaron que tuviera relación sexual con ellos. También me obligaban a presenciar como torturaban a mi padre y de otros amigos que se encontraban presos. En los baños de la prisión de la calle Londres fui repetidamente violada”.
“Aunque no supe quienes eran mis torturadores en ese sitio, por sus voces pude entender que eran argentinos y paraguayos quienes me convencieron que estaba en Buenos Aires. En unas sesión de torturas sufrí un colapso cardíaco. Los verdugos se asustaron y pidieron unas medicinas a un sitio de la calle Arturo Pratt. Fue así como supe que estaba en Santiago”.
“Calculo que fue en febrero de 1974 cuando me llevaron a otra prisión en Tejas Verdes donde estuve incomunicada. Este era otro sitio de entrenamiento de torturadores y los recuerdos que tengo son de absoluta brutalidad. Me forzaron a realizar actos sexuales con un perro que había sido especialmente preparado para este tipo de abuso. También colocaban ratas dentro de mi vagina y luego me daban choques eléctricos. Las ratas, desesperadas, hundían sus garras en mi interior. Se orinaban y defecaban en mi cuerpo. Después me inocularon el virus de la toxoplasmósis. Fui violada constantemente y forzada a tener sexo oral con mis captores. Me cortaron las capas superficiales del vientre con un cuchillo y las orejas. Luego me ponían alcohol en las heridas y me aplicaban corriente eléctrica. Todavía pueden verse las cicatrices en mi cuerpo. Me introdujeron botellas de Coca Cola por el ano y me gritaban ‘Esto es para que sientas el Imperio’”.
“El general Manuel Contreras ha declarado hace pocos días que en la DINA nunca se torturó a nadie. Yo puedo decir que en una ocasión fui torturada por el propio Manuel Contreras y una mujer alemana que estaba presa, de quien decían que nos parecíamos y debíamos ser hermanas. A Contreras lo pude ver porque la venda que cubría mis ojos estaba floja. Después lo reconocí en fotografías”. “Un ex agente. Samuel Fuenzalida Devia, declaró a un diario digital chileno que el general Manuel Contreras, quien acaba de ser condenado en su país a 12 años de prisión, supervisaba las torturas en Londres 38”.
“A las mujeres se les aplicaba corriente en los genitales y en los senos. También eran quemadas con cigarrillos”, dijo Fuenzalida y agregó que Contreras le dijo en una ocasión que “debía estar orgulloso de pertenecer a la DINA”.
“En abril de 1974, cuando había sido llevada a la Cárcel de Mujeres de la calle Vicuña Mackenna, que estaba administrada por una orden de monjas, caí en cuenta que estaba embarazada. Un doctor de apellido Mery, militar que ejercía en la Universidad Católica, me confirmó el embarazo y me dijo que yo debía estar orgullosa de tener ‘un hijo de la patria’, es decir un producto de violaciones de los militares. Mi situación causó una gran controversia internacional pues mi madre y toda mi familia había denunciado mi prisión y torturas. Fui entrevistada por la Cruz Roja Internacional, Amnistía Internacional, Comisión Kennedy, Comisión de Derechos Humanos de la OEA, el cardenal Silva Enríquez y esposas de los militares. Me ofrecieron la libertad si no denunciaba las violaciones y el embarazo. Las monjas ofrecieron ayudarme para pedir un permiso que me permitiera abortar. Tenía que elevar una solicitud al cardenal y éste elevarla al Papa. En Chile el aborto era penado por la ley y yo estaba en muy mala condición física, muy débil, así que decidí tener el hijo. Después de haber sobrevivido a tanto tiempo de detención y crueles maltratos, no iba a dar a los militares el gusto de morirme. Sin embargo en mayo tuve un aborto espontáneo pero no recibí atención médica ni medicinas”.
“De Vicuña Mackenna me llevaron a Tres Alamos, otro campo de concentración. Fui sometida nuevamente a violaciones, amenazas y hasta un simulacro de fusilamiento. En diciembre de 1976 salí expulsada de Chile junto a 17 presos políticos entre los que estaban mis compañeros Víctor Toro, Gladys Díaz, el doctor Luis Corbalán. El decreto de expulsión señalaba que no podíamos volver jamás a nuestra patria. Con la solidaridad de mucha gente conseguí quedarme a vivir en Berlín”.
“A fines de 1977 fui a Cuba. En el hospital Calixto García, sin tener que pagar un centavo, me trataron de la toxoplasmosis, me reconstruyeron la vagina y todo mi cuerpo para que pudiera engendrar, me trataron las infecciones vaginales, la descalcificación y la sordera provocada por ‘el teléfono’, me arreglaron las cicatrices del cuerpo y las orejas y me operaron los pies deformados por el maltrato. También me dieron terapia psicológica en una muestra de solidaridad de los cubanos imposible de pagar”.
“Pese a todo lo que me hicieron los sicarios de Pinochet pude sobrevivir.
Tengo aún secuelas psicológicas por todo lo que me tocó vivir. Siento dolor permanente en el cuello, las manos, las rodillas y los pies; tengo marcas y cicatrices en todo mi cuerpo. Cuando veo una rata siento un dolor reflejo en la vagina. Siento ansiedad, pesadillas y depresión. He superado algunas de esas secuelas, por ejemplo el miedo al encierro surgido por las violaciones que sufrí en el baño de la prisión de la calle Londres, pero sigo siendo muy sensible emocionalmente. Mi familia fue dividida, destruida y toda mi vida cambió después del golpe militar”.
“Pero, al fin, yo estoy aquí, resucitada. Con mi esposo, Víctor Toro, preso y torturado igual que yo, tenemos una hija, Rosita, quien estudia en la Universidad de Nueva York. A los 21 años regresé a Chile con ella, y pude decir a mis torturadores militares: ¡Aquí estoy yo y aquí está mi hija. Me torturaron pero no me destruyeron, no me jodieron porque tuve una hija!”.
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(*) Nieves Ayress enfatiza que su testimonio no persigue ninguna compasión. Sólo consignar un ejemplo para que los sucesos de Chile, no se repitan nunca.

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